1er. capítulo de “El vapor Reina de Castilla

Ilustración de la portada

Ilustración de la portada 

 

Isla de Balanguingui. 14 de mayo de 1853

 

Sable en cuelgue, pistola enfajada, ánimo en alza y alma en gracia. Sin temor a la muerte, una circunstancia pasajera que hemos de encarar tarde o temprano. De acuerdo con esta antigua sentencia de mar y guerra, así debe encontrarse quien a bordo de un buque de la Real Armada vaya a entrar en combate contra el enemigo de la patria.

* * *

Mi primera comisión de guerra en aguas filipinas, al mando de la compañía de Infantería de Marina embarcada en el aviso de vapor Reina de Castilla. Debíamos destruir el pequeño arsenal que, según informaciones diversas, los piratas moros habían establecido en el estero situado en la costa septentrional de la isla de Balanguingui, al sur del archipiélago. Asimismo, destruir buques, edificaciones, fortificaciones, armas y todo material que pudieran emplear en nuestra contra. Posteriormente, ampliar la misión por otras islas cercanas a Joló y posibles fuerzas moras en la mar.

* * *

Costaneamos muy por corto la isla de Belauán, arrumbando posteriormente a la parte central de la de Toquil. De esta forma, podíamos mantenernos ocultos a cualquier visión desde la isla de Balanguingui el mayor tiempo posible. Y pude comprobar que, en efecto, la humareda negra que escapaba por nuestra chimenea disminuía su espesura, al haber ajustado el sistema su aumento o disminución de aire para la combustión. Pero por fin llegó el momento de la verdad, cuando doblamos el pico de Plumas, el más oriental de la isla de Toquil, y quedamos enfrentados a nuestro destino a escasa distancia. Tanto el comandante como yo tomamos nuestros anteojos con rapidez, para enfocar hacia donde estimábamos que se situaba el estero, en la parte más septentrional de la isla. Y no nos defraudó lo que pudimos observar con entera nitidez, al punto de que comenzara a sentir la sangre en corrida fuerte por las venas. Las monedas de plata estaban lanzadas al tiro sobre la mesa, y debíamos cobrar o pagar el tributo cara a cara.

Solía comentar mi padre sobre sus muchas aventuras guerreras atravesadas en el pasado siglo, que la simple visión del enemigo en la mar puede llegar a erizar el vello de los brazos en virutas de hierro, concederles vida propia y cargar la máxima emoción en los corazones. Y no cantaba la gallina al coro, que mi antecesor demostró su valor por fanegas en muchas refriegas, con graves heridas y riesgo de muerte en repetidas ocasiones. Años después, pude dar fe de su verdad, esos sentimientos de vida y muerte que se expanden en oleadas por todo el cuerpo. Aunque en esta particular ocasión que afrontaba no se tratara de comprobar la presencia de una poderosa escuadra enemiga en la mar, con navíos de cien cañones y más de mil hombres a bordo, la simple visión del rival que has de combatir poco tiempo después, ajusta el espíritu en avance, al punto de desear con ardor tomar las armas en la mano y entrar a sangre de inmediato.

Como solía encontrarme presto para dar avante con tiempo suficiente, por mi parte ya colgaba el sable reglamentario del tahalí, y en esos momentos encastraba con fuerza al fajín el pistolón de dos disparos heredado de mi padre. Aunque la Armada disponía de pistolas reglamentarias, eran pocos los oficiales que las utilizaban, decantándose en muchas ocasiones por el trasvase familiar o la adquisición propia. En mi caso y aunque se tratara de un ingenio un tanto vetusto a la vista, depositaba toda mi confianza en aquel arma que mi padre arrebatara a un pirata caribeño al que apodaban Camisa verde. Y por todos los cristos, que se trataba de un precioso ejemplar con cachas labradas en nácar y plata, adornada con un escudo nobiliario desconocido, posiblemente francés. Pero el elemento fundamental lo presentaban sus dos disparos listos en paralelo. Mi criado Angelillo observaba el conjunto para convencerse de que nada faltaba en la escena. El rapaz era leal, inteligente y hombre de ley, como casi todos los procedentes de infancias atravesadas en el campo. Escuché su voz, sin un asomo de temor o previsión de correr a cubrirse de posibles peligros.

-¿Todo en orden, señor? ¿Nada os falta?

-Nada, Angelillo. Pero ya sabes, no se te ocurra por un momento mantenerte a mi lado, si comienzan a silbar las balas.

-Pero deberé recargar su arma si…

-No será necesario. Si desembargo para guerrear en tierra, solamente emplearé dos disparos, antes de pasar al uso del sable. Te ordeno muy en serio que, cuando comience la jarana, te protejas tras una recia mampara. ¿Me has entendido?

-Por supuesto, señor.

El aviso de vapor Reina de Castilla se dirigía, ahora sin careta, por derecho y a la brava, hacia su destino en la costa septentrional de la isla de Balanguingui. En el horizonte se divisaba un precioso conjunto formado por una playa de arenas blancas y un bosque dibujado en verde frondoso, esplendorosa imagen que podría teñirse de rojo minutos después. A unas cinco millas por nuestra amura de estribor, aparecía el estero que habíamos buscado con los anteojos, ahora con entera claridad. Y más importante todavía, se apreciaba mucho movimiento de embarcaciones y hombres. Escuché la orden tajante que el comandante, sin dudarlo un segundo, dirigía al maquinista jefe a través de la vocinera.

-¡Don Jeromo! ¡Máxima potencia de máquinas avante! ¡Humo negro al aire sin cortapisas! –Se giró hacia los timoneles para continuar con sus órdenes-. ¡Caña! ¡Dos cuartas a estribor! ¡Proa hacia la columna de humo que se aprecia en la playa por la amura!

-¡Quedo enterado, señor comandante! ¡Proa a la columna de humo! –Contestó el timonel de faja con seguridad.

Ahora, la humareda que se producía en el estero se divisaba con exactitud. Los piratas moros debían haber instalado alguna caldera para derretir resina prieta de los árboles mazonga y mezclarla con filamentos de la drupa del coco, hasta conseguir esa especie de alquitrán muy espeso y de excelente calidad que empleaban en el calafateo de sus buques. Y bien que lo conocían algunos de nuestros maestros calafates, porque lo usaban en las unidades menores del arsenal de Cavite, cuando así se necesitaba, y en muchas ocasiones de forma preferente a la brea oficial. El humo de esa caldera nos servía como faro guía en la distancia. Pero ya el comandante ofrecía las órdenes necesarias al segundo, teniente de fragata Fermín Soler, responsable de la batería artillera, que había llamado a su presencia. El teniente de navío Antonio Francesc destacaba al ofrecer sus órdenes con una claridad y decisión envidiables, un rasgo muy positivo para el desempeño de su función de mando.

-Segundo, en unos diez minutos deberá estar listo para abrir fuego con toda la batería. Tal y como previnimos ayer, quiero las cinco piezas instaladas en firme a la banda de babor. Supongo que habrá comprobado la presencia de tres pancos robustos y bien amarrados por corto en sus pontones.

-Sí, señor. Y uno de ellos con especial atención, porque posee un tamaño soberbio. Jamás había visto un panco de esas dimensiones. Estimo en la distancia que debe superar los treinta y cinco metros de eslora. Y se encuentra perfectamente conservado.

-Pues grábelo bien en la sesera, que será el primer blanco de nuestros disparos. Como convinimos, una pieza de a 16 cargada con bala rasa, en principio dirigida contra ese panco enorme. Y lo quiero agujereado en astillas a la mayor velocidad. Después, ese mismo cañón continuará su trabajo con los dos pancos restantes. Que ninguno de los tres pueda desatracar y salir a la mar. La segunda pieza, cargada con metralla en corte, distribuirá sus disparos entre todo bicho que se mueva en el estero y los pancos en construcción que, según se puede observar, son cuatro, aunque el último apenas levante cuadernas. Y también parece que están construyendo un barangayán o unidad similar en la parte de levante. Quiero todo arrasado, antes de que demos los botes al agua.

-Quedo enterado, señor comandante. ¿Alguna orden más para la acción?

-Ninguna, de momento. Que nuestros hombres echen el resto y una onza más. Y exija una buena puntería y elevado ritmo de fuego a los artilleros.

-Así será, señor.

-Pues ándele, que revienta la torta.

El segundo comandante salió disparado hacia su puesto en el combés, con el sable bien apretado al muslo. Cuando nos encontrábamos a una milla escasa de distancia, el comandante viró ligeramente a estribor para adoptar un rumbo casi paralelo a la línea de playa y, de esa forma, abrir el arco de fuego de nuestros cañones al límite máximo. Al mismo tiempo, ordenaba por la vocinera moderar la velocidad del buque a la mínima, para parar máquinas poco después y dejar que el buque continuara avante con la inercia propia. Por mi parte, miraba de continuo a las aguas, azules y transparentes, temiendo que el Reina de Castilla comenzara a rascar su quilla contra la arena en cualquier momento, único factor que nos podía desbaratar el plan emprendido. Porque desconocíamos la sonda exacta en cada punto que atravesábamos y mucho confiábamos en la bondad celestial.

En cuanto al conjunto de piratas moros, los que trabajaban en tierra comenzaban a tomar sus armas en la mano y cubrían algunos objetivos, mientras las dotaciones de los pancos intentaban alistar los aparejos para abandonar la escena a la mayor velocidad, aunque se tratara de una intención demasiado tardía. Por mi parte, había ordenado formar a todos los fusileros, poco más de cuarenta, en dos líneas de acción sobre la borda de la banda de babor. Mantenían el arma cargada y encarada de firme para abrir fuego a mi orden, una vez distribuidos los objetivos. Los veía nerviosos y emocionados, deseando comenzar a batir a los enemigos de España. Para que las andanadas se produjeran de forma casi continua, los había desplegado en dos líneas, de forma que dispusieran de tiempo para recargar los fusiles mientras la segunda línea pasaba a disparar.

En cuanto al armamento en poder de los piratas moros, pude sonreír con cierta felicidad para mis adentros. Porque se veía un elevado número de hombres, casi dos centenares en su conjunto, bastantes más de los previstos. Sin embargo, solamente pude observar una veintena de armas de fuego, las más de ellas con saquete de pólvora. Los demás portaban en sus manos un abigarrado conjunto de lanzas, campilanes, fisgas y chuzos, algunos de estos últimos muy parecidos a los reglamentarios de la Armada y, posiblemente, acopiados al quite en alguna reyerta. Muchos de ellos tomaban el escudo entre sus manos y aderezaban las manoplas, como si en ellas pudieran encontrar la salvación. La mayor parte vestía un blusón en punta con manga partida, así como una pequeña sobrefalda ajustada por encima de lo que más parecían sencillas calzas de pescador. Por los movimientos que llevaban a cabo supuse que se encontraban nerviosos, al comprobar la presencia de nuestro vapor y reconocerlo como buque de la Real Armada. Para que no les quedaran dudas, habíamos izado el pabellón de grandes dimensiones en el pico de popa. Y tal condición debíamos aprovecharla a favor.

Para nuestra sorpresa, los primeros disparos de fusilería se escucharon procedentes desde el estero, cuando todavía la distancia era muy superior a su máximo alcance. Bien es cierto, que sólo consiguieron formar algunos piques de escasa monta sobre las aguas. Sin embargo, cuando ya cerrábamos la distancia a unas quinientas yardas del gigantesco panco, escuché con claridad la voz de mando del comandante.

-¡Por la Reina y por España! ¡Fuego!

Aunque se empleara una pieza de a 16 libras solamente, a bordo sonó el retumbo del disparo cual fogonazo del infierno. Y como la distancia de tiro era bastante corta, pocos segundos después observaba el impacto de la bala contra un tambucho de brea situado a proa del gran panco, que salpicaba del líquido negruzco a su alrededor. Habíamos fallado por unos diez metros, lo que forzó la protesta del comandante a voz larga y molinete de brazos. Pero ya recargaban los sirvientes con rapidez, de forma que un minuto después se disparaban al tiempo las dos piezas de a 16, con bala y metralla, mientras los pedreros comenzaban su trabajo bien aprendido en solitario, y sin necesidad de órdenes generales.

El Reina de Castilla se encontraba prácticamente parado cuando el comandante ordenó fondear el ancla de proa, dejaba a pique una segunda en sabia prevención, y el bote pequeño ajustaba una codera a popa para que toda la artillería quedara enfrentada al estero. La situación no podía ser más favorable para nuestros intereses. De forma especial, nos tranquilizaba comprobar la ausencia absoluta de artillería en poder enemigo, único camino de batir al Reina con peligro, salvo feroz abordaje. Y pronto comenzamos a comprobar los positivos efectos de nuestra artillería. Porque el tercer disparo de bala rasa levantó gritos de alegría entre nuestros hombres. La esfera de hierro negra y maciza había impactado de lleno y a media altura en la popa del panco gigantesco, batiendo en astillas toda su aleta de babor y el sistema de gobierno. Y como poco nos preocupaba ya esa pieza grande, imposibilitada para navegar unos metros en muchos días, el cañón empeñado con bala gruesa continuó su mortífero trabajo contra los otros pancos afirmados en la orilla. Uno de ellos, el situado más cerca de nosotros, consiguió largar su aparejo y dar avante unos pocos metros, momento en el que una bala le entraba por el combés y, casi al mismo tiempo, una de las metrallas, posiblemente disparada por un pedrero, barría su cubierta. El efecto fue demoledor y ahí quedaron sus intentos de navegar, acabando por varar de proa en la playa, donde fue rematado en firme por la artillería.

También nuestros fusileros batían el cobre a ritmo muy alto y con visible efectividad. Las dos líneas de soldados y marineros acompasaban sus disparos al proceso de carga, con lo que de forma regular, aunque todavía algo lenta para mis deseos, continuaban abriendo fuego sin tregua. Y bien que se observaban los cuerpos de los piratas moros que caían sobre la arena o sobre las tablas de los remiches y sendas de cañas, con heridas de mayor o menor importancia, o directamente lanzados de cabeza a la boca de los infiernos. También comenzaba la sinfonía de gemidos y peticiones de socorro, uno de los factores más negativos para quien recibe el castigo. La mayor parte de los malditos intentaban cubrirse con sus escudos, absurdo intento porque nuestras balas los atravesaban sin obstáculo aparente. Era tan duro el correctivo, que poco a poco todos ellos se fueron retirando hacia los edificios, especialmente hacia el almacén de grandes dimensiones, que se alzaba justamente detrás del varadero de parras.

Pronto, todos debieron comprender que, si no se variaban los factores presentes, el combate se decantaría con rapidez hacia nuestra victoria total y con un precio muy alto en vidas humanas. Los pocos moros que empleaban armas de fuego no habían conseguido hasta el momento más que dos impactos de bala, uno sobre el hombro de un grumete y otro en la pierna de un soldado de Infantería de Marina, ambas heridas de escasa importancia. Como los árboles y matorral que pudieran cubrirlos se encontraban a demasiada distancia de la playa, acabaron por refugiarse al ciento en el gran almacén. Pero nuestros cañones y pedreros continuaban machacando todo lo que aparecía en la playa, por lo que no solamente acabaron por destrozar los pancos amarrados o en construcción, sino que centraron sus fuegos en los edificios.

Quien mandaba en los piratas moros debió comprender que si seguían en la situación actual, acabarían por perder la vida o con heridas graves en su totalidad. No les quedaba más solución que entrar en rendición o retirarse hacia el bosque tipo selva que aparecía al fondo, una corrida harto peligrosa. Fue entonces cuando alguien decidió utilizar una treta de guerra un tanto bastarda. Del edificio grande aparecieron al pronto una treintena de hombres sin armas y con los brazos en alto, señal clara de rendición incondicional. Ordenamos el pertinente alto el fuego, momento en el que, desde el interior del almacén, salían unos cincuenta o sesenta más a la carrera hacia el bosque, sin volver la cabeza hacia atrás. Y por desgracia, si queríamos disparar sobre los que escapaban, debíamos batir también a los que se acercaban brazos en alto. Un acto de clemencia que no merecían los malditos.

A una señal mutua y prevenida con el comandante, decidí dar los botes al agua y comenzar a desembarcar a nuestra fuerza. Por fin, acompañado de 42 hombres y los escasos mandos subalternos, los marineros alistados a la boga comenzaron su trabajo en dirección a la playa. Fue el momento que utilicé para ofrecer a mis hombres las últimas órdenes.

-Soldados y marineros, una vez que pisen tierra, calen las bayonetas de sus fusiles y alisten el chuzo sin cordones. Mantengan un disparo cargado en el fusil y otro en la mano suelta. Hemos de amarrar a los rehenes que se han rendido e intentar atacar a los demás huidos, antes de prender en fuegos todo aquello que haya sido levantado. Y si llegamos a la lucha cuerpo a cuerpo, recuerden el ataque frontal que tantas veces han repetido en los adiestramientos. Muy sencillo, pinchazo de bayoneta en el vientre y latigazo hacia arriba –accionaba mis brazos con el movimiento figurado de la embestida.

Fue el momento en el que comprobé cómo un joven soldado indígena me miraba con fijeza y nerviosismo, como si quisiera informarme de algún detalle importante. Lo animé a ello.

-¿Qué te sucede, Joselito? –Presumía de poder llamar a cada uno de los soldados bajo mi mando por su nombre-. ¿Quieres decir algo? Habla sin miedo.

-Pues verá, señor –masajeaba la cantonera del fusil, nervioso-. He reconocido al gigante que corría a la cabeza de los moros hacia el bosque.

-¿El gigantón que corría al frente de esa chusma? ¿Lo conoces? ¿Qué quieres decir?

-Verá, señor, todos saben que mucho se ha buscado al sanguinario pirata Binsarín por todas las islas, sin éxito hasta ahora. Ese pirata es un ejemplo de la astucia y la maldad infernal. Lo conozco bien porque mató con sus manos a mis hermanos y me libré de su campilán por milagro divino. Se mantenía al frente de los piratas que han corrido hacia el bosque. Lo reconocería entre los fuegos de Satanás sin dudarlo.

-¿El pirata Binsarín a la cabeza de aquellos moros? Pues ahora que lo dices, tienes razón. Parece que concuerda con la descripción que de él me hicieron. Intentaremos apresarlo.

-Será necesario acabar con él, señor. Ese salvaje asesino nunca se dejará atrapar con vida –dijo el alférez de fragata Sabater.

-Sería fantástico poder colgarlo en la plaza de armas del arsenal. Pero si no es posible, le abriremos el pecho a cuajo aquí mismo.

Una vez en tierra, pasamos a retener a la espalda y por parejas a los rendidos en una especie de corral, aparejado con rapidez. Formamos una cuerda más propia de vagos y maleantes, que se prestaron a nuestros deseos con inesperada docilidad. Porque es cierto que los piratas moros se mostraban de ordinario valientes, agresivos y desalmados en el combate, pero una vez dejadas las armas a la banda se convertían en corderos de benemérita. Cuando rematamos la maniobra con seguridad, en la que encordamos a más de treinta, calculé que cerca de un centenar debían haberse retirado hacia el interior. Porque a ojo de cormorán, debían superar la treintena los caídos. Me preparé con mis cuarenta hombres para perseguirlos isla adentro. Intentaba abatir el mayor número de piratas posible, aunque en mi cabeza se mantenía la figura de un ser enorme, con una piel muy negra y una melena al viento. Decían que el pirata Binsarín se había enriquecido tanto con sus correrías, que ya no arriesgaba en sus empresas de muerte. Y ahora comprendía que el panco gigantesco debía ser de su propiedad, una especie de buque insignia. Sería formidable abatir la fiera mayor, aunque comprendía que en el bosque selvático perderíamos muchas de nuestras ventajas.

Continuaba dudando del camino a tomar, cuando ahora fuimos nosotros los que sufrimos el efecto sorpresa a la contra. Y bien sabe Dios que maldije a los vientos una y mil veces por no haberlo previsto, aunque, en verdad, nada me debieran reprochar. Porque desde el bosque, como si hubieran salido de la mismísima boca del infierno, aparecieron los moros formando un grupo desordenado pero compacto, a la vez que emitían gritos terribles y forzaban la carrera hacia nosotros. Los malditos enarbolaban sus armas en alto, mientras las giraban en tono claramente amenazador. Y por todos los diablos verdes, que, en efecto, su número debía acercarse al centenar. Ante tan delicada situación, comprendí que se trataba de tarea imprescindible mantener la calma y situar a mis hombres con el debido orden. Como los piratas todavía se encontraban a más de cincuenta metros, conseguí formar dos líneas de fusileros, preparados para disparar. Y habría sido una fortuna que desde el barco hubieran hecho fuego con algún pedrero en su dirección, lo que seguramente evitaron por falta de exactitud en el tiro y miedo a perjudicarnos. Cuando la distancia de los atacantes se reducía lo suficiente y podía comprobar macabros detalles en los rostros furibundos de los moros, no lo pensé dos veces.

-¡Primera línea, fuego! ¡Segunda fila, en alza!

A distancia tan corta era difícil marrar el tiro. La primera andanada, a la que siguió una segunda disparada con extrema rapidez, causó un elevado número de bajas entre los malditos, que se retorcían visiblemente antes de caer sobre la arena. Y aumentaban los gemidos de dolor de banda a banda, beneficio claro para nuestras armas. Por mi parte, buscaba a Binsarín para batirlo con el pistolón. Sin embargo, el muy culebrón debía haberse mezclado entre sus hombres, sin marchar a la cabeza como norma de ley en todo jefe que se precie de tal condición.

Como me temía, llegamos al cuerpo a cuerpo y entramos en lucha de chuzos y armas blancas. Inutilizadas las armas de fuego, habíamos perdido todas nuestras ventajas y ahora debíamos dar el pecho de verdad y jugar entre la vida y la muerte, el momento decisivo en todo militar. Observé a un pirata a punto de clavar su lanza en uno de mis soldados a escasa distancia de mí, por lo que disparé uno de mis dos tiros disponibles, reventándole el pecho en charco. Pero pronto debí apretar el gatillo de nuevo, porque otro maldito venía hacia mí con un chuzo alzado. Y bien que lo paré cuando ya se acercaba a escasos pasos. Por fin, desenvainé mi sable mientras largaba la jaculatoria del honor que tanto aprieta el corazón. El combate se generalizó al pecho, situación que no nos favorecía en absoluto. Nuestros hombres entraban a la bayoneta con ardor guerrero y profesionalidad, pero la situación se había nivelado al ras. Por desgracia, me encontraba sin solución, mientras le abría la garganta a un pirata muy menudo con el sable.

Se nos apareció la Santa Patrona por la buena idea del comandante del Reina de Castilla. Al ver que la lucha se emparejaba y complicaba en demasía para nuestros hombres, decidió dar otro bote al agua y enviarnos todos los brazos disponibles, armados de fusiles en gran parte. Al mismo tiempo, pulsaba la ronca sirena del barco y hacía que el cornetín de órdenes batiera llamada de combate. Este conjunto de acciones y sonidos pareció quebrar la voluntad guerrera de los malditos moros, que quedaron paralizados durante unos preciosos segundos, como si la llamada del corneta significara su sentencia de muerte. No obstante, aquel fue el momento en el que mi vida entró en máximo peligro. Porque uno de los piratas, con brazos como robles, había conseguido desarmarme con uno de los arpones. Me encontré medio caído en la arena, sin posibilidad de defenderme. Mientras elevaba un último rezo a la Patrona, pude observar el rostro casi negro y picado de viruela que me miraba con incontenible odio. Alzaba su campilán, un sable extraordinariamente largo y muy ensanchado en la punta, con claro objeto de atravesarme el pecho de parte a parte. Volví a repetir el rezo, mientras pensaba en la vida eterna a la que me dirigía…

 

 En este texto se han suprimido las notas a pie de página sobre el vocabulario marítimo que aparecen en el libro

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