Solo a través del Atlántico (II)

Firecrest2Seguimos con la travesía de Gerbault en Solo a través del Atlántico

Gerbault1

Por la tarde aumentó el viento y hacia las 10h ya era un verdadero temporal. El viento roló de golpe hacia el suroeste y mi génova se hizo trizas. Después llegó una lluvia torrencial. Cansado por los preparativos de partida, me puse a la capa decidido a tomar una buena noche de descanso. El viento soplaba con furia, pero el Firecrest se comportaba maravillosamente, con la caña amarrada, en las aguas picadas del estrecho, mientras yo abajo, en mi cabina, dormía confiando en mi barco.

MapaSoloatraves

Al día siguiente el viento seguía siendo del sudoeste. Durante todo el día cayó una lluvia torrencial y me mantuve a la capa con poca vela.

Había hecho reparar el enrollador de mi botavara en Gibraltar, pero tras unos días de mal tiempo no me extrañó constatar que la mayoría de los dientes de la rueda se habían roto. Este aparato destinado a reducir la superficie de la vela mayor me había sido entregado en Cannes algunos días antes de mi salida. El disco tenía 4 cm de diámetro menos de lo que había encargado, y el metal no era de la aleación deseada de bronce y manganeso. Este defecto de construcción, debido a la mala fe del fabricante, hizo el viaje mucho más penoso y me obligó a arriar completamente la vela mayor cada vez que un chubasco me hacía reducir la superficie vélica.

Mi vela mayor empezaba a descoserse y tuve que arriarla para repararla antes de que se desgarrara por completo. El día siguiente hizo buen tiempo e icé la mayor reparada y todas las velas de vientos ligeros. Al mediodía una observación me dio mi posición a unas 50 millas al oeste de Gibraltar.

A las 14h de ese día, el cabo Espartel, promontorio de la costa africana, desapareció detrás del horizonte. Ahora estaba solo entre el cielo y el mar.

Pronto tuve la satisfacción de encontrar los vientos alisios, que fueron muy ligeros el primer día y después soplaron francos del nordeste.

Desde la salida esperaba con impaciencia la aparición de los primeros peces voladores, así que me puse muy contento cuando, el 10 de junio, un pequeño pez resplandeciente salió del agua y voló unos cientos de metros ante la proa de mi barco antes de desaparecer.

Con el viento en popa y con todas sus velas, mi barco no podía mantener el rumbo por sí mismo. En esto tuve menos suerte que el capitán Slocum que podía hacer largos tramos viento en popa a bordo del Spray sin tocar la caña. Es por eso que durante los primeros días de vientos alisios, después de haber estado a la caña durante 12 horas ponía el barco a la capa para poder descansar.

En la marina las guard ias son de cuatro horas. Mantenerse a la caña durante doce horas seguidas es muy duro, especialmente viento en popa, pues hay que mantener una atención constante para evitar la trasluchada, aventura desagradable que se produce cuando el barco recibe de golpe el viento por el otro costado; la mayor cambia de banda tan bruscamente que el peso de la percha contra los obenques a menudo produce la pérdida del mástil.

Esta era la rutina de mi vida durante los primeros días de vientos alisios. Por la mañana, a las 5h, me levantaba de mi litera para prepararme el desayuno que invariablemente se componía de porridge, beicon, galletas de mar, mantequilla salada, té y leche esterilizada.

Pronto descubrí que algunos proveedores de Gibraltar me habían robado, me habían vendido un barril de buey salado cuya parte superior contenía trozos excelentes, pero el resto no era más que hueso y grasa. Igualmente había encargado té de una marca conocida y el que me sirvieron era una mezcla de muy mala calidad. Me dieron una buena lección, en el futuro no me fiaría más que de mí mismo e inspeccionaría minuciosamente toda la comida que embarcara a bordo.

Cocinaba sobre un fogón Primus de petróleo en el camarote de la tripulación. Este fogón tiene una suspensión cardán, que hace que las cacerolas se mantengan horizontales cualquiera que sea la inclinación del barco. En la práctica la escora del barco era a menudo tan grande que la sartén se caía del fogón derramando sobre mis piernas el aceite hirviendo.

En caso de temporal, solía ser difícil cocinar. Era imposible llevarse un vaso a los labios y el buey salado acostumbraba a acabar esparcido por todo el suelo. En un barco tan estrecho, donde un marino corpulento no podría darse la vuelta con facilidad, costaba mucho moverse sin darse fuertes golpes contra las paredes del barco.

A las 6h subí a cubierta, desenrollé la vela mayor y dejé la capa retomando mi rumbo viento en popa.

Durante doce horas seguidas estuve a la caña y, con la ayuda de los vientos alisios recorría de 50 a 90 millas dia- rias. Es una media excelente para un yate de 8 toneladas. Con una tripulación de dos personas y vientos más favorables habría hecho más de 100 millas de media cada 24 horas.

Durante estas doce horas a la caña, con vientos duros, debía mantener una atención constante. Me era imposible leer y sin embargo nunca me aburría. Admiraba la belleza del mar y de las olas, el porte de mi barco, y recitaba en alto las obras de mis poetas preferidos: Alan Cunningham, Kipling, John Masefield, Shelley, Verhaeren, Poe. Cuando se hacía de noche, estaba muerto de ca nsancio. Reducía la superficie de la vela mayor y ponía mi barco a la capa amarrando la caña. Preparaba mi segunda comida del día, que consistía normalmente en buey salado y patatas hervidas en agua de mar, de la que tomaban un sabor delicioso. El aire del mar me daba un gran apetito y, naturalmente, no podía quejarme de mi cocinero.

Por último, caía agotado en mi litera y dormía fuertemente mecido por las olas…

La primera semana de diciembre Solo a través del Atlántico , de Alain Gerbault llegará a las librerías. Si te ha gustado este extracto ya tienes un magnífico libro para regalar estas navidades. 

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