Solo a través del Atlántico

Solo-a-traves2Solo a través del Atlántico es el título del primer libro que Alain Gerbault escribió sobre su vuelta al mundo en solitario. Gerbault fue un navegante francés que vivió a principios del siglo XX. Tras la primera guerra Mundial, en la que se alistó en aviación, decidió abandonarlo todo y dedicarse a viajar por el mundo en un barco de vela.

Este libro llegará a las librerías a primeros de diciembre, hasta entonces os adelantamos algún extracto:

A MODO DE PREFACIO

Estoy en casa de unos amigos cerca de Nueva York, hace una tarde tranquila, tan tranquila que me pregunto si mi extraordinaria aventura de los últimos meses realmente ha sucedido.

Por la ventana veo el estrecho de Long Island y el mástil de mi pequeño Firecrest, a unos cientos de metros de allí, la larga escollera de Fort Totten. No ha sido un sueño. He atravesado el Atlántico en solitario y ahora estoy en los Estados Unidos. Hace menos de un mes, en las tormentas rodeado de inmensas olas, tuve que luchar para defender mi vida contra los elementos.  Tengo aquí el cuaderno de bitácora que he tenido en mis manos incluso durante los más fuertes temporales. Paso las páginas, en las que el agua de mar todavía no se ha secado del todo, y mis ojos se detienen sobre un episodio de mi crucero:

«A bordo del Firecrest, el 14 de agosto, en alta mar a 34° 45’ de latitud norte, y 56° 10’ de longitud oeste, viento fuerte del oeste. Durante toda la noche el barco se ha movido terriblemente y las olas vienen a romper sobre él a cada momento. A las 4 de la mañana se ha roto la escota del foque y he tenido que hacer un empalme. La cubierta está totalmente sumergida. Aunque todas las salidas están cerradas todo está mojado en el interior. No ha sido fácil preparar el desayuno, he necesitado dos horas de esfuerzos acrobáticos antes de conseguir preparar una taza de té y algunos trozos de beicon asado, y eso tras haberme dado varios golpes en la cabeza contra los mamparos. A las 9 la trinqueta se desgarra, el barco se mueve tanto en ese momento y el viento es tan fuerte que no puedo ni intentar repararla. Toda mi vajilla de cristal está hecha añicos.

A mediodía una ola monstruosa cae sobre la cubierta y se lleva la escotilla del pañol de velas. Las olas van aumentando, el mar es enorme y el viento sopla con furia. Sopla tan fuerte que las velas no aguantan, aparece un agujero en la trinqueta y la mayor se desgarra a través de la costura de en medio dejando ver una raja de tres metros. Tengo que arriar las velas para salvarlas, lo que es muy difícil con tanto viento y con tantas olas sin exponerme a caer al mar.

Sobre la cubierta mojada y resbaladiza apenas puedo mantenerme y necesito una buena hora para conseguir acabar la peligrosa tarea. Pienso en izar la vela de capa pero el viento aumenta todavía más, ahora es un verdadero temporal, ninguna vela soportaría ese tiempo. La vibración de los obenques hace exactamente el mismo sonido que un tren rápido. Esto quiere decir que el viento sopla a más de 60 millas por hora.  Es ahora o nunca la ocasión de utilizar mi ancla flotante, un gran saco de lona cónica cuya boca se mantiene abierta por un aro de hierro. Amarrando un extremo de un cabo de 40 brazas al ancla y el otro a la cadena de mi ancla fija, tiro el saco al mar uniéndolo a una pequeña boya que hace de flotador. El saco se llena bajo el agua, el cabo se tensa y muy lentamente la proa de mi barco gira cara al viento. El Firecrest ahora se balancea menos aunque todavía sigue sacudido por el mar. Tengo que poner lonas viejas sobre el pañol de velas para impedir que entre el agua. Estoy al límite de mis fuerzas pero aún me queda mucho por hacer. Llevo a la cabina las velas rotas y, cerrando tras de mí todas las entradas, paso la tarde y la mayor parte de la noche reparándolas con ayuda de un rempujo y una aguja.

Ahora llueve a mares. En el salón el agua está al nivel del piso y me doy cuenta, con gran desespero, de que mi bomba no funciona. Llueve cada vez más fuerte, estoy calado hasta los huesos, no hay un solo sitio a bordo que esté seco y no llego a conseguir que la lluvia deje de penetrar por diversos sitios, como las lumbreras y el pañol de velas.»

Cierro mi diario de abordo. Esto no es más que un día cualquiera durante el mes de tormentas que tuve que soportar hacia la mitad del viaje. Pero, ¡qué existencia tan maravillosa!…

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