Elías Meana Díaz

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Desde que empezó a trabajar con Noray Elías es conocido en la editorial como “el autor de la Antártida,” y eso que sus primeros libros no trataban sobre la Antártida. Y es que Elías es un hombre de convicciones, cuando cree que ha de seguir un camino lo sigue sin más. No me atrevería a decir que para él “el fin justifica los medios”, pero sí que “si el fin es importante justifica un montón de esfuerzos por alcanzarlo”. Y no hay duda que el tema de la Antártida es importante para Elías.
Sus libros publicados por Noray son: Ganando Barlovento, Capitán de Fortuna, Entre dos banderas, Manual práctico del Sistema Mundial de Socorro y Seguridad Marítima, El Piloto Azul (Una leyenda de la Antártida) e Intrusos. Estos dos últimos son los primeros títulos de la colección El Piloto Azul de la que está escribiendo el tercero en la actualidad.

1.- ¿Qué fue lo que le llevó a escribir?
Desde que me reconozco, he sentido la necesidad de trasladar al papel lo que a mi imaginación acude, pero aunque de cuando en cuando escribía relatos de aventuras, e incluso fui coautor de un libro técnico, así como de varias pequeñas publicaciones de carácter profesional, necesité de mucho tiempo para enfrentarme a desarrollar una novela. No obstante, si he decir toda la verdad, debo añadir que el último empujón para ponerme a contar una de las historias de mar que rondaban por mi cabeza, fue la “rabia”; el hartazgo al que me habían llevado esos autores extranjeros, anglosajones en su mayor parte, que, de forma cínica y gratuita, no hacen más que ridiculizar a los marinos españoles que nos precedieron.

2.- ¿Qué sintió al ver publicado su primer libro?
Contestaré la pregunta diciendo que el día que vi mi primer libro en el expositor de una librería lo estuve contemplando, ni se sabe el tiempo, pleno de satisfacción, y que, por más que lo deseaba, no me atreví a cogerlo; me “limité” a pasar la yema de los dedos por la portada.

3.- ¿Cual es la mayor satisfacción que le ofrece la escritura?
Sentir como propias las historias que relato, y que estas queden abiertas para los demás.

4.- ¿Cuál es su relación con el mar?
Aunque nací tierra adentro, desde muy pequeño sentí la llamada del mar (no en vano buena parte de mis raíces son marineras), y siempre tuve muy claro cual era mi devoción.

5.- Cuéntenos una anécdota que le haya sucedido, relacionada con el mar o con los libros
Una relacionada con las letras:
Tiempo atrás, los marinos, al igual que otros viajeros, solíamos recibir la correspondencia en la “lista de correos” de las ciudades (puertos) en los que hacíamos escala. Este apartado postal universal, funcionaba bastante bien en la mayoría de los Servicios de Correos, y las cartas nos esperaban en las estafetas clasificadas alfabéticamente por apellidos, con lo que una vez identificados mediante cualquier documento oficial, el funcionario de turno se dirigía al motón o casillero correspondiente y, sin más, entregaba la correspondencia.
Pero como apuntaba, tal eficacia, no se daba en todos los países, y en ocasiones, nos quedábamos sin las cartas, como en el caso que voy a contar:
Por aquel entonces, yo estaba soltero, y la que hoy es mi esposa, era mi novia, y el barco en el que acababa de embarcar, hacia ruta entre los puertos del Mediterraneo occidental y oriental. Era mi primer viaje al “Fondo del saco”, como solía decirse a bordo, al referirse a la parte más oriental de nuestro “Viejo Mar”, y fue a una de sus ciudades costeras, a donde mi novia remitió sus cartas.
Llegados al puerto en cuestión, y libre de obligaciones, me dirigí a la oficina de correos, encontrándome con no saber a que ventanilla o mostrador dirigirme, pues la escasa información estaba escrita con caracteres arábigos, y no conseguía entenderme con ninguno de los paisanos que, aunque ruidosos, guardaban cola pacientemente en las cuatro o cinco ventanillas que había en la destartalada sala.
— “Si, aquí es, espere, me contestó en un francés todavía más chusco que el mío, el funcionario: un hombre cuyo rostro no era más que cejas, nariz y bigote. — “Era la tercera ventanilla por la que pasaba”.
— ¿Quiere ver mi pasaporte?, le pregunté, al tiempo que echaba mano al bolsillo de la camisa.
— ¡No!, ahora le abro, contestó, abandonando la banqueta en la que se sentaba, desapareciendo de mi vista.
“¿Qué ahora me abre?”, me pregunté dudando de haberle entendido bien.
— ¡Señor, señor!, oí que me llamaba entre aquel alboroto.
Miré en la dirección por la que me llegaba su voz y, entre el gentío, vi su cabeza asomando por una puerta abierta en la mampara de madera que enmarcaba las ventanillas.
“Este busca propina”, pensé mientras me abría paso entre aquel caos de gente y bultos.
— Venga conmigo, dijo cerrando la puerta a mis espaldas, una vez la hube traspasado.
Le seguí por el corredor que se formaba tras las ventanillas hasta que, llegados a la altura de la que él atendía, se detuvo frente a una desvencijada puerta que abrió empujándola con el hombro.
— Avíseme cuando encuentre algo, me advirtió antes de sentarse en la banqueta, olvidándose de mí.
Desconcertado, asomé la cabeza, y cual no sería mi asombro cuando lo primero que vi en la semioscuridad de aquel cuarto, fue un montonazo de cartas esparcidas por el suelo. Por un momento, estuve a punto de liarme a patadas con el de la ventanilla, pero me contuve, y, resignado, intente, sin éxito, encontrar mi correspondencia entre aquel desbarajuste.
Diez años después, estando ya casado, la carta llegó devuelta al remitente… la recibieron mis suegros… Por fin, alguien había puesto orden en la “Post Restant” de aquel puerto.

6.-¿Cuál es la pregunta que le gustaría que le hiciéramos? (Escriba la pregunta y la respuesta)
¿Que es lo que le ha llevado a escribir sobre la Antártida?

Cualquiera que haya tenido la oportunidad de vivir allí, ha de sentir, entre otras muchas inquietudes, la de preservar esta tierra virgen; la última que nos queda. A mi entender, el futuro de la Antártida, está en manos de los más jóvenes, y a ellos van dirigidas las aventuras del Piloto Azul, para que de su mano, conozcan este santuario y lleguen a amarlo y respetarlo tanto como todos los que hemos tenido la suerte de trabajar en el.

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